jueves, 15 de diciembre de 2016

No hay unos ojos como los de Amadou


No hay unos ojos como los de Amadou.
(reflexiones después de la semana de la discapacidad).



El otro día estuvo por aquí Richard. Richard es el primer alumno con síndrome de down que vino a la escuela. A la entonces FP adaptada, hoy educación especial.

Da gusto oír a los padres de Richard. Dan las gracias a todos y por todo. Hablan de lo mucho que supuso para ellos la experiencia de Richard en este centro, lo mucho que aprendió, la primera excursión con la ESO, la inolvidable obra de teatro con Maite Mairena... y tantas cosas.

Lo que no saben los padres de Richard, es que su hijo, que ahora figura en todas las fotos, en todos los blogs, en la memoria de todos los educadores que trabajaron con él, lo que no saben los padres de Richard, digo, es que su hijo no estaba seleccionado para estas unidades. Y no lo estaba porque no teníamos los recursos suficientes para atender a “este tipo de chavales”, porque no había “horas para personal complementario desde consellería”, porque nuestros profesores “no están preparados para trabajar con estos chicos”. El caso es que Richard no estaba. Lo se bien porque el psicólogo que certificaba los informes para la admisión de estos alumnos era el que esto suscribe. Era una tarea desagradable como pocas, que aún me pasa factura. Quizás es por eso que me cuesta tanto señalar a un alumno para decirle que no puede, que no llega, que no sabe. Prefiero que sean ellos los que prueben sus límites.

Richard vino al colegio porque un orientador de otro centro nos convenció. Insistió, habló, vino, preguntó, movió... hasta que nos abrió los ojos y nos hizo ver lo ciegos que estábamos.
Richard fue el primero y detrás vinieron muchos. Y el mérito de todos esos alumnos lo tienen Richard, los padres de Richard y el orientador de Richard. Y luego nosotros, que abrimos los ojos a un mundo que ya no nos dejaría volver a cerrarlos.

Viendo a Richard nos acordamos de Camilo. Camilo, alumno de uno de los primeros PGS de electricidad, era un muchacho con sonrisa amplía, simpatía natural, fuerza de voluntad a prueba de bombas y una hemiplejia que le tenía paralizado medio cuerpo. No nació así. Fue un accidente de coche en el que murió su madre y la mitad de su cuerpo se paró para no volver a moverse.
Todos recordamos a Camilo jugando al fútbol... de portero. Una y otra vez sus compañeros le lanzaban balones justo a la parte de la portería donde era imposible que Camilo alcanzase. Una y otra vez, un recreo tras otro. Un día tras otro la misma historia. Cuando vimos a Camilo todos, (y digo todos, yo el primero) considerábamos imposible que pudiera alcanzar los objetivos del PGS de electricidad. ¿Cómo iba a adquirir un mínimo de competencia profesional? ¿No había otros sitio más adecuado para “estos chavales”? Nosotros queremos atenderle pero “no tenemos los medios”. Pues Camilo no se fue. Se quedó. Y cumplió. Y abrió el paso a otros muchos alumnos con minusvalías físicas al colegio. Y el mérito de todos esos alumnos es de Camilo y de su padre. Y luego nuestro que ya nunca más consideramos que una carencia física pudiera vencer a la voluntad.

Por entonces el colegio había contratado a una trabajadora social. Había antecedentes en la escuela, pero muy lejanos. La contrataron para escuchar. Para escuchar a las familias, a las instituciones que cuidaban de nuestros alumnos, a las abuelas que ya entonces sostenían con su pensión a la familia entera. Escuchar. Qué tarea tan difícil. Algunos pensamos entonces que esa tarea se podía hacer desde otras instancias, desde la tutoría, desde el psicólogo... Eso pensábamos hasta que vimos funcionar a la trabajadora social. Nos enseñó lo sordos que estábamos. Después de ella vinieron más. Profesionales especializados, conocedoras de su tarea, con formación específica. Pedagogas, maestros de audición y lenguaje, psicólogas... Fue un cambio de modelo, un paso hacia adelante, un auténtico cambio de paradigma, como el que nos piden ahora. Y las herramientas básicas de este cambio fueron la voluntad y un horizonte claro de lo que queríamos. Eso contagió a un claustro, a un grupo de profesionales magnífico que con voz femenina, alta, clara y distinta, cambió para siempre lo que entendemos por educación especial.

Termina la semana de educación especial. Me deja el regusto amargo del recuerdo de todos los alumnos que no pudieron disfrutar de este recurso por mi propia minusvalía. Más ciego que Richard, más manco que Camilo y además sordo, sólo la experiencia vívida y la reflexión posterior, me reduce un poco esta polideficiencia que arrastro desde que decidí dedicarme a esto de la educación.

También esta semana me deja la certidumbre absoluta de que la mirada con la que mis queridas/os compañeras/os de educación especial observan a sus alumnos, ha de ser la mirada con la que todos/as hemos de afrontar el reto de trabajar día a día con nuestros alumnos de primaria, secundaria, FP y bachiller.

Para mi, ese cambio en la mirada supera y precede en potencial a toda la tecnología del mundo, a todas las competencias del mundo, a todas las excusas del mundo.

Si vamos con esos ojos por el patio, encontraremos que cada alumno es único e irrepetible y que nuestro juicio siempre será parcial y limitado.

Encontraremos que no hay otra mirada como la de Amadou.

Ximo Bosch



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